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“Colombianos y venezolanos somos hermanos, hoy por ti mañana por mí”

La migración venezolana en el país ha evolucionado. En un inicio, cuando las personas empezaron a dejar su país, los primeros territorios de acogida fueron los de frontera. Norte de Santander, Arauca y La Guajira, como departamentos limítrofes, se convirtieron en los grandes epicentros de este movimiento humano. Sin embargo, en los últimos años esta tendencia se ha revertido y al resto de Colombia también ha llegado esta migración que, según datos del Gobierno, es de alrededor de 1.800.000 personas. Así, ciudades como Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla, por ser grandes urbes, se convirtieron en destinos para los ciudadanos del vecino país.

Sin embargo, ciudades intermedias y municipios pequeños también se han convertido en hogares para los venezolanos en Colombia. Este es el caso de Toncacipá, un pueblo a 22 kilómetros de Bogotá y que, según cifras oficiales, alberga a 1.663 migrantes. Una de estas personas es Alba Rada, quien llegó a Colombia hace cinco años y que desde 2018 es la presidenta de la Fundación Radaber. Una organización que ayuda a la población migrante en el territorio con ayudas humanitarias y orientación.

“Yo llegué al país con mis documentos en regla y con los de mis hijos también. Y como fui una de las primeras venezolanas en llegar al pueblo, me convertí en un referente y una voz a la que buscaban cuando llegaba un migrante”, cuenta. Así, por ejemplo, cuando un compatriota suyo necesitaba orientación sobre cómo conseguir documentación en regla y tener un estatus regular, Alba lo guiaba desde su experiencia, pero también desde lo que aprendió. “Me tocó empaparme, investigar y estar al tanto de requisitos, formas y medios de conseguir un papel”, afirma.

Las ayudas no solo eran una forma de orientar a los venezolanos. A través de Whatsapp y redes sociales, los migrantes asentados en Tocancipá comenzaron a buscar en la bondad y en la empatía formas de tenderle la mano al recién llegado. “En especial, porque en 2017, inicios de 2018, se intensificó el fenómeno de los caminantes. A través de las redes preguntábamos quién podía darle albergue unos días a un grupo, quién tenía alguna comida, quién medicinas. Así, entre todos nos repartíamos la responsabilidad de ayudar al necesitado”, relata Rada.

Hasta ahí, de forma empírica y personal, las labores de Alba Rada por ayudar a sus compatriotas. Sin embargo, la xenofobia local llevó a que viera la necesidad de ir un paso más allá. Según ella, la anterior administración municipal no vio con buenos ojos este altruismo venezolano y se interpuso por todos los medios para frenarlo. “La presión de la Alcaldía hizo que la gente tuviera miedo de ayudar y dejó de dar hospedaje al necesitado”, afirma.

Por eso, a finales de 2018, se constituyó la Fundación Radaber. Alba Rada en Venezuela tuvo una empresa con el mismo nombre y cada diciembre hacía labor social para los más pequeños a través de celebraciones navideñas. “Fiestas temáticas sobre la llegada del Niño Dios, con comida y decoraciones alusivas”, cuenta. Con esa trayectoria social a cuestas, decidió, con un grupo de voluntarios, hace labor social en el municipio. No solo para ayudar al venezolano en necesidad, sino también para cambiar el chip en la mentalidad de la gente.

“Para nosotros fueron muy duros, sobre todo, los meses de septiembre, octubre y noviembre del año pasado. Mataron a un señor y todo el pueblo salió a decir que el culpable había sido un venezolano. Luego, al tiempo, golpearon a otro hombre y de nuevo lo mismo. No había ni una sola prueba de que los responsables fueran de Venezuela, pero todo el mundo decía que sí”, cuenta. Por eso, y para desactivar esta narrativa, Alba Rada hizo diferentes derechos de petición a la Policía y entidades judiciales para saber cuál era, realmente, la incidencia de los venezolanos en los crímenes en el pueblo. “Los resultados fueron que solo un 2.5% de los crímenes en Tocancipá eran cometidos por venezolanos. Algo mínimo. Este dato nos sirvió para demostrarle a la gente que ser venezolano no es sinónimo de ser criminal”, dice.

Bajo esa línea de cambiar narrativas, la Fundación Radaber y los voluntarios se dieron cuenta de que para ganarse la simpatía de Toncacipá tenían que tener impactos positivos dentro del tejido social. “Veíamos que el parque del pueblo estaba feo y en mal estado. Así que nos propusimos a mejorarlo. La junta de vecinos nos dio los materiales y nos pusimos manos a la obra”, cuenta. Durante dos semanas y media, Alba y compañía pintaron paredes, pulieron maderas, arreglaron bancos, rellenaron fisuras de concreto y demás acciones necesarias para embellecer el parque. El resultado fue el agradecimiento de la comunidad.

También la Fundación se ha dado cuenta de que la parte emocional es importante potenciarla y protegerla. La migración encierra en sí misma el desarraigo y la otredad, el dejar atrás personas amadas y muestras culturales queridas. Por eso, desde 2018 la fundación celebra la Fiesta de la Chinita, con las tradiciones y cantos que se usan para esta festividad venezolana que ocurre el 18 de noviembre. Un festejo oriundo del estado de Zulia.

De este modo, entre ayudas humanitarias (ropas, comida, medicamentos), datos para confrontar visiones sesgadas, protección emoconal y acciones positivas que impactan en el territorio, la Fundación Radaber se ha posicionado como un punto de referencia sobre la migración en Tocancipá. “Nos hemos enfocado en ser parte de la solución”, afirma Rada. Y siguiendo con esa línea, la actual coyuntura del Covid-19 ha supuesto un reto bajo esta perspectiva.

Hay alrededor de doscientas familias de venezolanos en el municipio. Algunas de ellas en estado de vulnerabilidad crítico. Por eso, con las ayudas que recolecta la Fundación, se trata de priorizar a aquellas que necesitan una mano más urgentemente. Se han buscado alianzas con sectores privados o eclesiásticos para recolectar alimentos, implementos de aseo y medicamentos. Donaciones que reparten entre quienes más lo necesitan. Pero no solo a venezolanos, como aclara Rada, “ya que entre nuestros estatutos está que no distinguimos de nacionalidades. Y si un colombiano necesita de nuestra ayuda, con gusto se la daremos. No nos cerramos en nosotros mismos. Colombianos y venezolanos somos hermanos, hoy por ti mañana por mí”.