fbpx

“Donde como yo, puede comer otra persona”: Javier Henao

A 22 kilómetros de la ciudad de Ibagué, Tolima, Javier Henao dirige un comedor en el que atiende a migrantes que se dirigen a diferentes partes del país. Está ubicado en el corregimiento de Buenos Aires y es un lugar donde los venezolanos pueden comer y descansar. Según datos de Migración Colombia, en el país hay 1.809.872 ciudadanos provenientes de Venezuela. De ellos, 9.805 habitan en Tolima y, de estos, 5.574 en su capital.

En esta historia en primera persona, Javier Henao cuenta de su experiencia ayudando a migrantes, sus motivaciones para hacerlo, los retos que esto implica y las satisfacciones personales que esta labor humanitaria le trae.

El comedor está ubicado a 22 kilómetros de la ciudad de Ibagué, en la vía La Espinal. Esto por acá se llama Buenos Aires y es un corregimiento. Pasan muchos camiones que llamamos mulas, cargados de mercancías para todas partes del país. Yo trabajo en un parqueadero y para un señor que tiene bastantes mulas, ayudando al cargue y al descargue, a chequear que todo está bien. No tengo un sueldo estable porque el sueldo más importante me lo pone Dios: salud, un techo, bendiciones. Eso le dije a unos señores de Señal Colombia que vinieron a entrevistarme una vez por esta ayudita que les doy a los venezolanos: no necesito que nadie me pague la bondad, porque ya Cristo me la está compensando allá arriba, en el cielo.

Empecé a ayudarles por allá, desde septiembre de 2018. Cuando la cosa en Venezuela se empezó a poner fea, muchos de ellos empezaron a llegar. Primero viajaban en las mulas, cuando algún chofer les daba el aventón. Luego, empezaron a caminar cientos de kilómetros en grupos grandísimos. La gente por acá se empezó a asustar y a preguntar que quién eran esos, que cómo así que venezolanos, qué de dónde salían tantos, que dizque para dónde iban. Entonces, yo los veía a las orillas de la carretera todos sucios y cansados, casi desmayándose y me agarraba un pesar impresionante de ver seres humanos yendo y viniendo como hijos de nadie.

Mire, yo sé qué es tener hambre. Estar en un sitio en el que así uno tenga plata, no haya nada para comprar, nada para comer. Es duro estar hambriento, uno u otra persona, en especial un niño llorando, diciendo que le duele la barriga y que no entiende por qué uno todavía no le ha dado así sea un pan. Es una situación muy dura. Así que empecé a ofrecerles mi casa a algunos de ellos para que descansaran y comieran alguna cosita, cocinaran si tenían algo.

Sin embargo, era mucha responsabilidad para mí solo el ayudar a treinta, cuarenta personas al día. Ahí empecé a hacer recolectas con la gente del sector y con los choferes que llegaban. Iba a los restaurantes para buscar una colaboración. Así, por un tiempo nos mantuvimos. Pero la gente se cansa como en todo y no podían ayudar siempre. Afortunadamente vinieron de un periódico llamado Q’Hubo, que hay en Ibagué y me hicieron una entrevista, vieron la casa, el fogón, la gente que comía en el suelo y a orilla de la carretera. Debido a eso llegaron más ayudas desde Ibagué. Una pareja de médicos, una patóloga y un cardiólogo, nos ayudaron un montón. Venían y veían qué necesitábamos para ellos ver con quién podíamos conseguirlo.

Esto llegó a tener un impacto tan grande, que el 13 de agosto del año pasado llegó la Cruz Roja Internacional con 300 kilos de comida. Uffff, eso duró como hasta noviembre. Lastimosamente ellos no han vuelto por acá porque su foco otra vez es el conflicto armado. El tema de los venezolanos ya no es su prioridad por acá. Solo pasan a mirar que todo esté bien, hasta ahí.

¿Qué la pandemia cómo nos ha cambiado? Uy, mucho. Ya nadie viene a traer nada por acá. Da es tristeza. Las ayudas se acabaron de todo lado y los venezolanos siguen caminando, pero esta vez en el sentido contrario: la mayoría quiere devolverse para su país. Y, sin embargo, la gente me los sigue mandando para acá Los policías les dicen: “vean, suban que por allá hay un señor llamado Javier y les da comidita”. Ayer, por ejemplo, llegaron tres venezolanos y les compartí humildemente de lo que yo tenía para comer.

Antes el ritmo era otro. Veinte personas en la mañana, en la tarde otras diez y en la noche unas quince o veinte más. A cualquier momento llegaban mulas con gente o grupos de caminantes. Había días en los que podía durar hasta las once de la noche haciendo comidas. Cuando ya estaba muy cansado les daba la comida en crudo y les decía “ahí está el fogón, cocinen y coman”.

En todo esto hay historias muy tristes. Es gente que viene huyéndole a un régimen, que salen con una mano adelante y otra atrás. Dicen que no tienen nada para comer, que allá no hay medicinas, que la gente se muere en los hospitales. Eso duele, porque eso era un país muy rico y verlo así es una cosa de no creerlo. Muchos llegan aquí y cuentan cosas muy duras. Que los policías los atropellan o que hay gente desalmada que los roban. Yo me pregunto, ¿qué le pueden robar a un desdichado así? Un maletín sucio, con ropa sucia y cobijas sucias. No sé eso de qué le puede servir a alguien.

Una vez llegaron seis muchachos y me pidieron comida a las dos de la tarde. Comieron, descansaron y cuando fueron a arrancar, vi que uno de ellos no tenía zapatos. Yo le pregunté que qué pasaba con sus zapatos y me respondió “no, no tengo, yo ando con tres pares de medias gruesas de fútbol, esos son mis zapatos”. Eso me dio una impresión gigante, porque cómo alguien va a caminar todo eso sin zapatos. Le pregunté cuánto calzaba y le regalé unas botas mías. Si usted viera cómo ese muchacho me abrazó. Lloraba, porque para él eso era un tesoro. Uno ve muchos pies reventados, las platas abiertas, en carnita pura. Qué temple el de esta gente.

Otra vez llegó una muchacha y se echó a llorar apenas le serví la comida. Y yo todo asustado, preguntándole qué le pasaba. Ella casi no podía hablar, pero me dijo que nunca pensó verse así, pidiendo un plato de comida en un país extranjero cuando ella allá era una profesional. Me contó que había estudiado comunicación social y que trabajaba para un periódico que cerró. Un día pasó de ser periodista a no tener nada y eso le dolía. En especial porque se sentía frágil y tenía miedo, porque en el camino se había encontrado con muchos hombres que habían intentado aprovecharse de ella para ayudarla. Yo le dije que tranquila, que mientras descansara aquí no tenía que preocuparse por nada. Que yo la iba a defender.

Hoy con esto del Coronavirus la cosa está dura, sí. Pero ahí humildemente sigo ayudando. Donde como yo, puede comer otra persona. Así me tenga que sacar de mi plato y servírselo a alguien más, lo voy a hacer. Esto no puede parar. Ya Dios proveerá, espere y verá que es así. Que mi Diosito nos va a dar un bocado, para mí y para los venezolanos que tocan mi puerta.