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El chinchorro más grande del mundo es colombovenezolano

Las fronteras son territorios de hibridación. Como afirma el curador de la bienal artística ‘Juntos Aparte’, Álex Brahim, que se da en Norte de Santander en frontera con el estado venezolano de Táchira, “las fronteras hoy por hoy ocupan un lugar importante en la opinión pública ya que se han convertido en objeto de debate intelectual, político, académico, artístico, debido a la crisis migratoria global, de las cuales el caso Siria y el caso Venezuela son sus máximas expresiones”. En el caso colombovenezolano, esto adquiere una relevancia mayor ya que, para ambas naciones, la línea limítrofe compartida es la más grande: 2.219 kilómetros.

Así, a veces los rasgos de identidad de las personas en frontera tienen más en común entre sí que aquellos que pudieran tener con regiones del interior. Esto lo resalta el Embajador para la Reconciliación para Arauca de USAID y ACDI/VOCA, Luis Peraza: “nuestra frontera está hecha de un río que no nos separa, sino que nos une. Por más que algunos quieran separarnos, es imposible porque tenemos una misma cultura. Cuando uno habla de la identidad llanera se refiere básicamente a una ecoregión cuya columna vertebral es el río Arauca”. A un lado, están los Llanos orientales colombianos y al otro, los Llanos occidentales venezolanos. Dos partes de un mismo rompecabezas.

Justamente, para celebrar los lazos binacionales, el sábado 27 de junio se extenderá el chinchorro más grande del mundo en las inmediaciones del Puente Internacional José Antonio Páez, cumpliendo con los protocolos de bioseguridad y contará con la asistencia de 10 personas encabezadas por el alcalde Edgar Fernando Tovar Pedraza; Luisa Vega Correa; directora regional en Arauca de ACDI/VOCA, líderes de la comunidad y funcionarios de la Corporación El Minuto de Dios.

Este chinchorro es el resultado del programa ‘Integrándonos construimos futuro’, de la Corporación El Minuto de Dios en el marco del Programa Alianzas para la Reconciliación (PAR) de USAID, ACDI/VOCA, El Consejo de Empresas Americanas y su plataforma Hands for Change. El objetivo de este programa es construir participativamente iniciativas de integración y reconciliación social con más de 100 participantes y sus familias residentes en Arauca.

Luisa María Vega, directora regional para Arauca de PAR, dice que “se han venido desarrollando acciones que promueven la integración sociocultural de los migrantes, colombianos retornados y población de acogida”. Así, surge la idea de resaltar los lazos de identidad colombovenezolana a través de la representación del chinchorro más grande del mundo, de 4.20 metros de largo por 3.20 de ancho. “Esto es un símbolo de lo que significa esta frontera particular que comparte lazos de identidad cultural, para poder transformar narrativas y fortalecer los lazos de hermandad”, agrega Vega.

Por su parte, Luis Carlos Aguilar, parte de la Corporación El Minuto de Dios y profesional social a cargo del desarrollo de los componentes de salud mental y física del proyecto, cuenta que “la iniciativa surge de la necesidad de eliminar las barreras en cuanto a discriminación y xenofobia, las cuales son ciertamente muy visibles”. Actualmente, y según datos de Migración Colombia, en el departamento de Arauca viven 47.039 venezolanos y en su capital 23.089.

“Entonces, pensando más allá de esas barreras existentes, surge esta idea que podría unir las culturas colombianas y venezolanas, a través de todo este folclor llanero del cual hace parte el chinchorro. Además, es un símbolo de descanso, de versatilidad y de adecuación a los diferentes entornos. Este es un mensaje relevante en estos momentos”, dice Aguilar.

El proceso de un chinchorro

El chinchorro o hamaca es patrimonio cultural de diferentes regiones del país, como los Llanos orientales, que tuvo su origen como un instrumento de pesca utilizado posteriormente por los lugareños para descansar.

Tradicionalmente, para su elaboración, se utilizan el cumare, el fique y el cáñamo por sus fibras vegetales altamente resistentes. En la actualidad, se han incorporado fibras de nylon o polipropileno a las cuales se les da vida a través de tintes de variados colores para lograr un chinchorro llamativo y único, además de proteger el medioambiente.

Marlene Geudith Santos Florez aprendió a fabricar chinchorros desde niña, cuando su madre le enseñó. Esta muestra cultural es su pasión, su vida. Crear uno de 2.10 metros, le puede llevar hasta tres semanas. El proceso es urdir y tejer, por medio de armarios de madera con tubos de metal. Una actividad de precisión y paciencia.

“Esto toma tiempo. El chinchorro que hicimos, el más grande, nos llevó unos cinco meses en todo su proceso. Había que experimentar de ver cómo se unían, cuánta cantidad de tela se necesitaba y eso”, cuenta. “Me parece que es muy importante, antes uno como araucano iba a Venezuela y compraba cosas. Ellos no tienen la culpa de lo que sucede en su país y me parece que esto es una forma de recibirlos como hermanos”, opina.

Pero el chinchorro no solo está compuesto por el trabajo de tejido. También tendrá dibujos alusivos a la cultura llanera, pintados directamente sobre la tela. El encargado de esto fue Robinson Sarmiento, diseñador gráfico y colombiano retornado. “Los niños fueron los que crearon los dibujos, yo los estoy redibujando a gran formato a gigantografía manual”, cuenta. El proceso de traslado de los dibujos fue de cuatro días, mientras procesaba la información.

“Esto es integrar a dos naciones bajo un símbolo en común. En el programa unos somos venezolanos, otros retornados y otros colombianos y cada quien tiene su punto de vista. Esto representa el chinchorro: la unión de miradas que se encuentran en la frontera”, concluye Sarmiento.