fbpx

El colegio La Frontera: radiografía del éxodo venezolano

Solo quinientos metros separan al barrio La Parada del Puente Internacional Simón Bolívar, el cual une a Colombia y a Venezuela. La Parada es parte del municipio de Villa del Rosario, el tercer municipio más poblado de Norte de Santander con 93.735 habitantes, según datos del DANE. Un territorio que, por su localización geográfica (limita al norte con el estado venezolano de Táchira), ha estado íntimamente ligado a lo que pasa en Venezuela.

Hace años, cuando en Venezuela se vivía la bonanza económica, a La Parada, como al resto de Villa del Rosario, llegaron personas de todo el país: desde las cercanas Cúcuta y Bucaramanga, hasta de lugares más alejados como las costas Atlántica y Pacífica para vivir algo de esa opulencia venezolana, para cruzar la frontera y radicarse en el vecino país. Así, la población de La Parada vivió durante muchos años de las relaciones económicas entre Colombia y Venezuela. Sus pobladores comerciaban en la frontera, trabajaban al otro lado, traían productos que revendían. Las dinámicas del barrio siempre han sido susceptibles a los movimientos transfronterizos.

No es de extrañar que por esta relación histórica se haya convertido en uno de los principales destinos de los migrantes venezolanos: según cifras de Migración Colombia, en Villa del Rosario habitan 36.706 ciudadanos del vecino país. Dicho de otro modo: más del 30% de la población en este municipio es migrante. La Parada hasta hace 50 años era una zona netamente rural. Un descampado con algunas viviendas que, poco a poco, pasaría a ser primero un corregimiento de Villa del Rosario y, después, uno de sus 25 barrios. Sin embargo, a pesar del paso de las décadas, el lugar sigue siendo un lugar de tránsito, un punto poroso en la geografía colombovenezolana, un sitio por el que miles y miles de personas se movilizan a diario.

Un espacio de encuentro

El barrio La Parada se convirtió, poco a poco, en un espacio para que los migrantes venezolanos llegaran en búsqueda de mejores oportunidades de vida, de salud y servicios básicos, de alimentos y empleo. Y, en muchos casos, de educación para los niños que no tenían la posibilidad de estudiar en las condiciones necesarias. Por eso hoy, el Mega Colegio La Frontera es uno de los testigos más palpables de la actual situación migratoria venezolana. Con un cambio en el flujo (ya la gente no sale de Villa del Rosario ni de La Parada, sino que llega), los venezolanos encuentran en esta institución educativa una oportunidad para estudiar.

Los orígenes del colegio son modestos. Empezó como una institución privada llamada San Pedro, construida por 14 comerciantes de la zona que donaron un terreno para que La Parada tuviera una escuela. Luego, gracias a la campaña ‘Lleva una escuelita en tu corazón’ de Sábados Felices, se construyeron tres aulas. Sin embargo, las condiciones no eran las mejores, pues había más de mil estudiantes en poco menos de 2.000 metros cuadrados, sin una correcta ventilación en un lugar al que la temperatura promedio puede llegar a los 35 grados centígrados. Esto hizo que el colegio cerrara por un tiempo, mientras se construían 17 aulas más, un comedor, una sala de informática y unos baños.

Esta historia la cuenta el rector Germán Berbesí, que desde 2006 dirige el colegio. Con el paso del tiempo y con el agudizamiento de la crisis venezolana, empezó a notar que los niños venezolanos en el plantel eran cada vez más. “En la mayoría de los casos son niños con papá o mamá de Colombia o que viven en San Antonio del Táchira. Su partida de nacimiento, entonces, es colombovenezolana. Pero es algo que pasa desde hace cincuenta años. Desde siempre se ha pasado la frontera. Por ese motivo, una de las estrofas del himno del colegio dice que damos educación a niños colombianos y a niños venezolanos”, cuenta Berbesí.

‘La Frontera’ que no divide, un colegio para todos

El 2015 fue un momento tenso para las relaciones diplomáticas entre Colombia y Venezuela. El 20 de agosto de ese año, el gobierno de Nicolás Maduro cerró la frontera. Además, más de 22.000 colombianos fueron expulsados del vecino país y sus bienes allí, destruidos. “El primer día de las deportaciones, muchos estudiantes de padres colombianos nos empezaron a contar cómo los sacaban de Venezuela. Nos decían: ‘nos están sacando, nos quitaron todo, nos golpearon, a mi papá se lo llevaron preso’. Fue una crisis enorme”, cuenta el rector de La Frontera.

El colegio tenía una obligación moral: ayudar a todos, sin importar si eran de aquí o de allá, alentarlos y protegerlos. Este suceso convulso en la frontera colombovenezolana, afectó la institución: el primer viernes de las expulsiones, la población estudiantil era de alrededor de 1.100 niños; al lunes siguiente, después de que los padres los retiraran por miedo, era de poco más de 500. Sin embargo, a La Frontera han llegado todos: colombianos que residen en el país, colombianos que regresaron de Venezuela, venezolanos que dejaron atrás su territorio, venezolanos que van y vienen a diario. Cada categoría migratoria (permanente, pendular, retornada, en tránsito) se vive en este colegio.

“Los niños de La Parada están tan acostumbrados a ver gente de todas partes del mundo que tienen normalizado el tema del origen de las personas, es otra cultura la que hay acá. Están acostumbrados a que vengan personas de todas partes de Colombia, de todos los municipios, de todas las veredas”, cuenta Berbesí. Así, para los estudiantes no es nada extraño que en un curso de noveno grado 39 de los 40 alumnos sean venezolanos. Una proporción mayoritaria que, prácticamente, se repite de grado a grado, pues en el Mega Colegio La Frontera el grueso de los estudiantes son colombovenezolanos, sea de padres venezolanos y nacidos en Colombia, o de papás colombianos y nacidos en Venezuela, o cien por ciento venezolanos o cien por ciento colombianos: de los 1.500 niños que allí estudian, 1.300 son venezolanos. Toda combinación vale, toda mezcla tiene su lugar aquí.