“Es importante hacer la diferenciación entre migrante y refugiado”

Ligia Bolívar es socióloga, venezolana e investigadora del Centro de Derechos Humanos de la Universidad Católica Andrés Bello de Venezuela. Allí, durante 15 años su trabajo se centró en atender, proteger y asistir a los migrantes y refugiados colombianos que llegaban al vecino país huyendo del conflicto armado y de las dificultades económicas. Según estimaciones, alrededor de cinco millones de personas cruzaron la frontera colombovenezolana, sobre todo en las décadas del ochenta y noventa.

Ahora, con un cambio de contextos, es Colombia el destino y refugio de los migrantes y refugiados venezolanos. Según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugidos (Acnur), 5.1 millones de personas han dejado Venezuela. De este número, más 1.7 millones han llegado a Colombia. De este modo, la labor de Bolívar pasó de proteger a extranjeros a velar por sus connacionales. En esta entrevista, la socióloga habla del estatus de refugiado, de su opinión sobre el panorama de la crisis y el manejo que los diferentes países le han dado.

Las palabras no solo son palabras, sino que son universos semánticos que crean realidades y que tienen usos políticos. Por eso, ¿qué implicación tiene la palabra refugiado?

Un refugiado es una persona que no sale voluntariamente de su país. Sale forzosamente porque está huyendo de una situación que tiene en riesgo su vida, su integridad física o su libertad. Es decir, no es el migrante que normalmente sale por voluntad propia, organiza su viaje, tiene un sueño, tiene un destino, tiene unas metas. El refugiado no sale en esas condiciones. Así que es muy importante esa diferenciación. Y aquí me permito ir más allá: en un informe de Acnur se establecen todas las categorías con las que ellos trabajan. Se habla de refugiado, desplazado, solicitante de refugio, persona de interés, apátridas, retornados, etc. Pero se establece una categoría distinta a todas estas: hablan de los venezolanos desplazados en el extranjero. Y como dice la pregunta: las palabras tienen un sentido y una relevancia y un contenido y unas implicaciones políticas. Y con este término no queremos ver o imaginar las implicaciones políticas de que ya los venezolanos no seamos ni refugiados, ni solicitantes de refugio, ni personas de interés, ni apátridas, ni nada. Esto es muy preocupante y estamos viendo qué significa.

¿Por qué los países son reacios a utilizar la palabra refugiado? ¿Qué implicaciones trae para un Estado reconocer el estatus de refugio?

Los Estados latinoamericanos, en el caso de la población venezolana, no tienen una tradición de ser países receptores y mucho menos una tradición de población que califica como perfil de refugiado, sobre todo en Suramérica. Por lo tanto, este es un primer factor que hay que considerar. Un segundo factor, derivado del anterior, es que como no hay esta tradición, no hay mecanismos ágiles y transparentes para que las personas soliciten el refugio. En el caso de Colombia, por ejemplo, durante un tiempo cuando había escasísimos solicitantes de refugio, se les daba un salvoconducto que era un papel que tenía unas letritas, la famosa letra pequeña, que decía que ese documento no autorizaba a trabajar y además tenían que permanecer en Bogotá. Imagínate tú en un sistema que no es claro, donde la solicitud puede durar dos o tres años para que sea aprobada o negada, que te dicen que tienes que permanecer en un solo sitio y que no puedes trabajar. Obviamente, hoy en día cualquiera se iría por el PEP. O, incluso, cualquier otra opción menos la del refugio, que es un mecanismo en sí mismo disuasivo.

Eso sí: la letra pequeña ya no está, pero no existe la información adecuada por parte de las autoridades para explicar cuáles son las ventajas y desventajas, los derechos y los deberes de quien solicita refugio en Colombia. Esto se repite en otros países y esta es la razón por la cual los venezolanos no están solicitando refugio. ¿Por qué los Estados disuaden del estatus de refugio? Porque el aceptarlo conllevan más obligaciones en determinados sentidos. No es que tengan que darles comida, casa y trabajo, porque eso no lo hacen ni con su propia población. ¿Cuáles son las obligaciones adicionales? En primer lugar, no devolver a la persona, la garantía de no devolución. Segundo lugar: el compromiso de producir documentos, y este es el gran problema que tenemos, porque es una obligación del Estado receptor y esto no se está cumpliendo.

Hace quince años el trabajo del Centro de Derechos Humanos de la Universidad Católica Andrés Bello era en la vía contraria: la defensa de los colombianos que llegaban a Venezuela buscando un refugio o un mejor futuro, huyendo del conflicto armado y de la pobreza. ¿Cómo fue esta experiencia de defender a quienes llegaban?

Llegó mucha gente, pero no de la manera tipo avalancha como están llegando los venezolanos a Colombia. Según algunas estimaciones, llegamos a tener unos cinco millones de colombianos en Venezuela, pero llegaron a lo largo de veinte años. Fue una migración que se demoró mucho y que también fue evolucionando: primero la gente de la Costa y después, a medida que arreció el conflicto interno, empezamos a recibir personas provenientes de zonas donde había fuerte presencia de guerrilla y paramilitares. Así, el perfil era diferente, como también los tiempos. Lastimosamente, todo lo demás ha sido igual. Me explico, no todos los colombianos pedían refugio en Venezuela porque el sistema venezolano era también disuasivo, poco transparente y difícil de navegar. Otra razón por la que no pedían refugio era que muchos venían huyendo de la violencia y tratando de salvaguardar a sus hijos para que no fueran reclutados por ningún actor armado. En esas circunstancias, muchos pensaban que ser refugiados los hacía más visibles porque la guerrilla o paramilitares se iban a dar cuenta de que estaban allí. Sin embargo, eran personas sujeto de protección y ese era nuestro eterno pleito: que fueran protegidas por el Estado venezolano.

Otra área en la que se parecen ambos procesos, como ya dije, es que en Venezuela era lento, poco transparente, muy discrecional. Pero otra área en la que había problemas es una en la que actualmente es difícil en Colombia: los niños tenían acceso a las escuelas, pero hasta cierto momento, porque como entraban sin documentos y Venezuela tampoco se los daba. Así había un techo en la formación, sin poder terminar su secundaria y mucho menos su formación universitaria. Digamos que todos los problemas y pleitos y las luchas que emprendimos nosotros en el Centro de Derechos Humanos a favor de los colombianos durante quince años, ahora, lamentablemente, nos está tocando enfrentar exactamente lo mismo con los venezolanos que están llegando a otros países.

En ese sentido, el Centro de Derechos Humanos fue la única organización que hizo denuncia internacional masiva, por todos los medios que pudimos, de la situación de expulsión de colombianos en 2015. Un caso en el que no se respetó si la persona tenía protección, si era solicitante de refugio, si era refugiado o si era simplemente migrante. Allí hubo una situación masiva, estimulada por una campaña de xenofobia que fue dirigida desde el Estado y esto hay que decirlo. Es una situación que nos avergüenza a quienes trabajamos en derechos humanos y hacemos responsable directo al gobierno de Nicolás Maduro.

En general a nivel Latinoamérica, ¿qué buenas o malas prácticas han encontrado en la región en materia de refugiados?

Agradecemos la política de puertas abiertas que han tenido tanto Colombia como Brasil. Eso ayuda a también a que haya un mayor control de la población que ingresa. En la medida que tú cierras y levantas barreras, la gente se va a meter igual y si no se puede meter por la puerta, se va a meter por la ventana. Entonces, afortunadamente esto es una política que agradecemos y reconocemos.

Por el otro lado, hay países que empezaron muy bien y que hoy en día están virando hacia una tendencia muy restrictiva. Es el caso, por ejemplo, de Perú, Ecuador y Chile. Perú empezó con una política muy abierta, donde incluso había un reconocimiento inmediato de los títulos profesionales de los venezolanos. Eso ya no es así, ahora tenemos una visa humanitaria en Perú, una visa humanitaria en Ecuador y una visa de responsabilidad democrática en Chile. Esas son visas. Les pueden poner el apellido que quieran, pero no cambian su naturaleza de barrera a personas que llegan en una situación de búsqueda de protección y de huida frente a un régimen que simplemente ha negado las posibilidades mínimas de subsistencia o de libertad personal o de su integridad física.

Sin embargo, hay otras buenas prácticas que podemos resaltar. Como, por ejemplo, el hecho de que Perú, Chile y Argentina hayan decidido incorporar al personal de salud y a las labores de contención de la pandemia a profesionales venezolanos, con un sistema muy rápido de reconocimiento de sus títulos. También uno de los países que tiene mejores prácticas en lo que tiene que ver con la filosofía del refugio es Costa Rica. Allí, por ejemplo, en el momento mismo en el que la persona hace la solicitud de refugio es incorporada al sistema de salud y se le da un permiso de trabajo. Esto es actuar de manera inteligente, no solo para el venezolano sino para la población centroamericana que se refugió allí durante los años duros de las guerras civiles de los años ochenta. Este país entendió que era preferible darle la caña de pescar a la persona que el pescado. Es decir, que era preferible que la gente tuviera la posibilidad de mantenerse por sus propios medios y no se convirtiera en una carga para el Estado. Costa Rica ha llegado tan lejos que tiene incluso un sistema de premiación a las empresas que le dan más oportunidades de empleo a la población solicitante de refugio. Esas son políticas de integración y abrir el hogar para que las personas puedan incorporarse al país y ser productivas para la economía.

Así que hay buenas experiencias y no tenemos que mirar hacia Suecia, Alemania, Canadá. Aquí en América Latina se están haciendo buenas cosas. De lo que se trata es de generalizar estas experiencias y la regularización, para que la gente se integre a los países que están llegando. ¿Por qué? Porque a diferencia de lo que se pensaba, este no es un fenómeno temporal. Esto llegó para quedarse, por lo tanto, hay que crear mecanismos que permitan que las personas se integren, se establezcan y se compenetren con las comunidades de acogida.

En el caso migratorio venezolano queda una impresión: que no ha recibido la misma atención mediática ni de recursos que otras crisis migratorias mundiales. ¿Por qué es esto?

Aquí entra en juego el concepto de refugiado. ¿Por qué va a recibir ayuda internacional un país que no reconoce a la población venezolana que viene huyendo de una emergencia humanitaria como susceptible de refugio? Es decir, la cooperación internacional, la ayuda humanitaria no se brinda para el migrante. Los migrantes vienen a un país por su cuenta o voluntad propia. Y si es este el caso, el país receptor puede acoger o rechazar a la persona migrante. Esto es perfectamente válido, por las políticas migratorias nacionales. En cambio, a un refugiado no le puedes cerrar las puertas. Si tú quieres cooperación internacional, tienes que reconocer que esa población que tienes en tu territorio no son migrantes, sino refugiados, personas que necesitan protección.

Elementos como esta distinción que está haciendo Acnur va ayudar muy poco, porque para quién están pidiendo cooperación internacional. ¿Para los poquitos que piden refugio? ¿O para los millones que no lo han pedido? La primera pregunta de la entrevista es clave en ese sentido. La ayuda internacional está vinculada al tema humanitario, de carácter económico, por lo tanto tiene que adecuarse una cosa con la otra. Y ese es el camino que debe seguir Colombia para recibir más recursos que le permitan hacerse cargo de la población venezolana. Pero para eso también el país tiene que diseñar políticas con visión de protección internacional y no de migración.

¿Cuál debería ser el papel de los medios de comunicación y de la academia para entender de forma holística este fenómeno?

En primer lugar, se debe hacer una recapitulación histórica de lo que fue la migración colombiana, que fue muy fuerte en los años ochenta y noventa. Es ponernos en los zapatos del otro y buscar mecanismos a través de los cuales se entiendan que la población colombiana también se fue forzada a dejar su país, viajando por toda América Latina y el mundo. Cosa que fue muy favorable, porque se conocieron los productos colombianos, su historia, su cultura. No hay ciudad de Europa o de Estados Unidos donde no consigas un buen restaurante colombiano. Es tratar de resaltar esa riqueza que tiene el migrante y con la que muestra su cultura, mezclándolas con las propias tradiciones del país de acogida. Yo creo que este es un elemento que también hay que destacar y reforzar.

En segundo lugar, y puede parecer un lugar común, los medios y la academia tienen un papel importantísimo en la lucha contra la xenofobia. De nuevo, el colombiano fue discriminado y maltratado en algunos países, incluyendo Venezuela. Eso hay que decirlo y reconocerlo. Pero también recibimos migrantes espectaculares. Tuvimos al mismísimo Gabriel García Márquez. Este tipo de elementos e historias también son importantes.  

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