“La educación tiene que ser universal, sin fronteras”: Gustavo Claro Santiago

Colombia comparte una frontera de 2.219 kilómetros con Venezuela. Siete departamentos colindan con el vecino país: Arauca, Boyacá, Guainía, La Guajira, Norte de Santander, Vichada y, también, César. Este último territorio tiene, según datos de Migración Colombia, 57.457 migrantes venezolanos, mientras que en su capital, Valledupar, habitan 36.570.

En Valledupar, Gustavo Claro Santiago, rector del colegio Institución Educativa La Esperanza, trabaja por la integración de los migrantes venezolanos. Por eso, cree firmemente en que los niños, niñas y adolescentes deben aprender que un concepto como “frontera” no define a los seres humanos.

Esta es su historia en primera persona.

Desde el 2016 nosotros empezamos a observar el proceso migratorio de personas provenientes de Venezuela. Digamos que uno veía pasar ecuatorianos o peruanos, escasos, sí, pero a veces pasaban por el territorio. Sin embargo, nos empezó a llamar mucho la atención el ver la cantidad de personas que venían de Venezuela con niños y niñas. Pero fue evidente para nosotros que había una crisis migratoria a finales de 2017 e inicios de 2018. Ahí supimos que teníamos que organizarnos para atenderlos.

Lo primero que hicimos fue sensibilizar a nuestros estudiantes sobre la necesidad de considerar a los alumnos venezolanos como hermanos del territorio latinoamericano. También quisimos dejar el mensaje de que la frontera es una sola y no tiene porqué dividirnos. Nos divide en temas eminentemente territoriales, pero hablamos un mismo lenguaje, tenemos costumbres iguales o parecidas. ¿Qué razón hay para separarnos de ellos? Esa fue la pregunta que le hicimos a nuestros niños, mientras les enseñábamos que había que atender a estos otros infantes que venían de este otro país, siendo cordiales y amables con ellos.

Otra cosa que hicimos fue el crear liderazgos entre los estudiantes venezolanos para que ellos mismos se encargaran de la integración de sus compatriotas. Pero también para saber de qué forma se integraban con los estudiantes locales, qué necesidades había y de qué forma se podían generar mejores estrategias de convivencia en este tejido colombovenezolano.

El primer estigma que nos decidimos a erradicar por completo fue el no decirles ‘venecos’. Esto es un término peyorativo y a los venezolanos no les gusta, porque es un insulto para ellos dadas las circunstancias. Así, como institución, nosotros dijimos “esa palabra no existe aquí”. Son venezolanos, amigos nuestros. Hasta tal punto que en 2019 hicimos un gran acto en nuestro coliseo cubierto y los estudiantes venezolanos cantaron su himno nacional y los colombianos el nuestro. La idea detrás de esto era mostrar que podíamos integrarnos desde la diferencia.

Eso significa que nosotros sensibilizamos y motivamos a nuestros estudiantes para que fueran capaces de interrelacionarse, hacer amistad y hermanarse con los compañeros venezolanos. E igualmente, hicimos un trabajo con los profesores, porque algunos tenían cierta animadversión al no comprender bien el momento coyuntural que vivimos. Uno que otro maestro juzgaba más duramente a los estudiantes venezolanos que al resto. Pero hicimos un trabajo de sensibilización tan fuerte que empezaron a bajar sus guardias y a proteger a todos los estudiantes sin distinguir nacionalidades. Porque yo como rector y líder de este proceso les dije “no, señores y señoras, hay que mantener nivel homogéneo y compacto de relación, manejo y trato con todos nuestros estudiantes”.

Sin embargo, lastimosamente no hemos tenido ayuda de cooperación internacional o del Estado mismo. Ha sido muy pobre, en el mejor de los casos. Ocasionalmente, nos llega la oficina de Migración Colombia cuando requiere información de número de estudiantes o cuando ICBF necesita intervenir por una situación particular. Aunque esto para nosotros no ha sido una limitación. Nosotros seguiremos trabajando, con o sin ayuda. La educación tiene que ser universal, sin fronteras. Sea para un colombiano, para un chino, para un japonés, para un venezolano, para sea quien sea del país que venga. Todos somos humanos y habitamos el planeta Tierra.

Si bien no somos una ciudad fronteriza, el departamento del Cesar sí lo es. Además, Valledupar limita en el norte con La Guajira, uno de los territorios más protagonistas en las relaciones fronterizas. De este modo, nuestra relación con Venezuela ha sido eminentemente comercial. Históricamente, ha habido paso de artículos de aquí para allá y de allá para acá. Además, no podemos olvidar que muchas familias colombianas se asentaron en el vecino país, muchas de ellas cesarenses. Lo que quiere decir que hay un intercambio de las relaciones familiares transnacionales que permiten el flujo permanente desde lo comercial y lo familiar.

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