Las madres de los migrantes venezolanos

Por: redacción Estoy en la Frontera

Siempre con una sonrisa, una palabra de cariño, una mano solidaria, una cobija de resguardo, un buen consejo, un plato de comida caliente. Así recibe la pamplonesa Martha Duque, de 57 años, a los caminantes venezolanos que se acercan a su refugio en la entrada de Pamplona.

Ella, más que nadie, conoce los dramas y las necesidades de los miles de migrantes que a diario recorren la ruta Cúcuta-Bucaramanga para llegar hacia otras ciudades del país. “Un día frente a mi casa los vi pasar tan desorientados, como quien no sabe qué les espera, a dónde van. Vi niños y mujeres embarazadas en medio del frío. Decidí ayudarlos”. 

Doña Martha, la mamá de los migrantes venezolanos en Norte de Santander, ha dado su mano y el techo de su casa a miles de ellos. “Yo los defiendo, soy la que pelea con la gente que habla mal de ellos, pero también como buena madre me toca reclamarles a ellos mismos, cuando veo que algo no está bien”. 

Hoy, en medio de la COVID-19, ha sido juzgada por brindar una mano a una madre con su hijo, y le duele no poder ayudar más. “Es indescriptible ver cómo les cambia la cara cuando comen, se bañan, cuando uno les puede cubrir el dolor de esas heridas que traen de su tierra”, dice.

Ella, por más de 20 años, se ha desarrollado como líder comunal, ha sido presidenta de la junta de acción comunal del barrio Chíchira y es veedora de salud en Pamplona.

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Angélica Lemus, retornada colombiana, que ayuda a los venezolanos en el barrio La Ermita, de Cúcuta

La modesta casa en la que vive Angélica Lamus, en el barrio La Ermita de Cúcuta, siempre tiene las puertas abiertas para todo aquel que lo necesite, en especial para cientos de migrantes que habitan ese sector. Allí, esta santandereana retornada de Venezuela lleva cuatro años de incansable trabajo.

Su fundación Humildad Extrema hace las veces de refugio, de taller satélite de confección, de centro de capacitaciones y de actividades lúdicas para niños y ancianos. También en una suerte de confesionario donde cientos desahogan los miedos y las calamidades generadas por la salida forzada de Venezuela.

Esos mismos temores los vivió Lemus, cuando fue expulsada del país vecino, con otros 20 mil colombianos, en agosto del 2015.  “Cuando llegué a Cúcuta, nadie estaba organizado. Tomé las riendas y me dispuse a servir a la comunidad, porque para eso venimos a este mundo, a ser útiles y a aprender todos los días”, expresa Lamus.

No puede contener las lágrimas cuando recuerda que debido a la COVID-19, a cientos se les ha puesto la situación todavía más difícil y que muchos niños están pasando hambre. Por eso, busca alivio en las ollas comunitarias para al menos llevar una sopa a quienes necesitan.

“La calidad humana se lleva en la sangre, no en la nacionalidad”, es la frase con la que doña Angélica exhorta a los colombianos a evitar la discriminación hacia los migrantes.

Este artículo se publicó originalmente en Estoy en la Frontera, un portal periodístico dedicado a la migración venezolana.

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