“Yo soy político en Venezuela, soy expreso, fui torturado, perseguido y ahora estoy exiliado de mi país”, así inicia su relato Alejandro Zerpa. Habla desde Medellín, a donde la vida de refugiado lo llevó. Vive con sus dos hijos, su esposa y su suegra a 1.063 kilómetros de su natal Caracas, la capital del vecino país. Atrás dejó su casa, su carro, sus posesiones, sus amigos, su profesión, su pasado. Todo lo que un día conoció se desmoronó y tuvo que llegar a Colombia a forjarse un nuevo presente y a esperar la llegada de otro futuro. Esta es su historia. Un rostro entre los 1.809.872 venezolanos que viven en el país. Solo que su caso es distinto: es un refugiado y los refugiados no son migrantes.

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El refugiado se va de su país porque su vida peligra.

El refugiado se marcha, porque ya no puede volver.

El refugiado huye para proteger sus libertades.

El refugiado es un punto a la deriva sin una tierra a la que llamar patria.

El refugiado sabe que cada hasta luego es un adiós sin fecha de caducidad.

El refugiado ha sido torturado, perseguido, golpeado y violentado.

El refugiado sueña con el regreso, así no sea posible.

El refugiado espera que el tiempo ayude a cambiar las cosas en ese que fue su país.

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En Caracas, Alejandro Zerpa era parte del partido Un Nuevo Tiempo, un grupo político considerado dentro de la línea de democracia social. Fundado por el político venezolano Manuel Rosales, es uno de los 11 partidos que conforman la Mesa de la Unidad Democrática: una coalición opositora al gobierno de Nicolás Maduro. Aunque estos datos valdría mejor darlos en pasado: el Tribunal Supremo de Justicia en Venezuela inhabilitó a la MUD para participar en las elecciones de 2018 y, luego, el Consejo Nacional Electoral la disolvió. Si bien sus miembros siguen activos, dentro y fuera del país, en la práctica han recibido la muerte política.

Sin embargo, en 2015 Un Nuevo Tiempo seguía con sus actividades normales y buscaba, a través de sus miembros, generar un cambio. “En ese momento, yo estaba a cargo del área de activismo político en Caracas. Mi labor era trabajar en parroquias y hacer trabajo social allí. Ayudaba a la gente de los barrios periféricos, me ponía en contacto con las fundaciones, miraba problemáticas”, cuenta.

Además de esas labores, en el año 2015 era asistente del concejal metropolitano José Gregorio Caribas. Este año también fue el año en que la oposición obtuvo una aplastante mayoría en las elecciones parlamentarias: 112 de los 167 diputados electos a la Asamblea Nacional eran de partidos opositores. Bajo este clima, cuenta Zerpa, Nicolás Maduro y Diosdado Cabello empezaron una campaña de desprestigio contra todos aquellos que se opusieran políticamente a su gobierno. “Ellos dos me pusieron en el escarnio público, a mí y a mi familia. Empezaron las persecuciones y la zozobra”, cuenta.

La pesadez se convirtió en amenaza cuando el 17 de agosto lo detienen junto a otras tres personas por el cargo de financiación del terrorismo. O, como explica, una forma de decir “eres opositor, tienes que estar en la cárcel”.

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La palabra tortura viene del verbo latino torquēre: torcer. La filósofa italiana Donatella Di Cesare, en su ensayo Tortura, señala que en la palabra latina habita la raíz: terko trek, un vocablo que sugiere la acción de tirar y retorcer. Así, Di Cesare dice que: “igual que se dobla el tronco torcido, se retuerce, para enderezarlo, el cuerpo del reo bajo sospecha. Sería la manera de reestablecer el equilibrio también dentro de la comunidad. La justicia se inscribe en el cuerpo. No es el médico quien lo hace, sino el torturador […] Ilimitada es la imaginación e infinito el armamentario a los que recurre el verdugo para conminar con penas y emplearse con saña y crueldad”.

La violencia que recibió el cuerpo de Alejandro Zerpa a manos de guardias venezolanos fue rotunda. Después de ser detenido, fue llevado a los calabozos del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) en El Helicoide. No había razones. Solo golpes, patadas, puños y culatazos en su cara. Durante tres o cuatro días, era como si hubiera dejado de existir. No había luz ni nadie conocido. Nadie sabía de su paradero. Podía morir allí y era como si nunca hubiera nacido, engullido por las salvajes descargas de odio que aquellos hombres anónimos le infligían.

El resultado fue que le rompieron a patadas las dos manos cuando intentaba protegerse los testículos de los golpes. Le dejaron lesiones permanentes en el estómago, en la cervical y en la columna. Durante tres semanas, Zerpa defecó, orinó y vomitó sangre a causa de los traumas internos.

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Si se googlea ‘Alejandro Zerpa, Venezuela’, salen algunos artículos sobre su caso. Pero, en especial, aparece una foto suya en primer plano, con los labios fuertemente cerrados, la mirada desafiante y las comisuras ensangrentadas. El titular dice: Alejandro Zerpa se cosió los labios y se declaró en huelga de hambre. “De las torturas y los golpes, mientras yo estaba detenido, me empezó a doler mucho la espalda y la cervical. Unos dolores impresionantes que no me dejaban dormir y mucho menos caminar. Por el Sebin rara vez iba un médico y cuando a los meses de mi detención va uno le cuento mis dolores y me autoriza para que me trasladen al Hospital Militar de Caracas”, relata.

Una vez allí y a solas con el doctor, saltándose la advertencia de que solo debía decir que le dolían las manos, Zerpa se desahoga con el doctor. Le cuenta del dolor en la espalda, de los golpes que todavía siente, de las noches sin dormir, apenas pestañeando por unos segundos escasos. El médico conmovido ordena unos rayos x que muestran unas manchas sospechosas en la cervical y en la columna. “Entonces, él me dice que necesito urgente una resonancia magnética y me da la orden. Un año hubo de pasar para que me la hicieran”, dice.

Así, en octubre de 2016 fue diagnosticado con una lesión severa en el área cervical, la cual le presionaba la médula y un nervio. Las solicitudes para la intervención eran infructíferas. La familia rogaba, los amigos solicitaban, personalidades políticas exigían. Todo inútil: la operación necesaria nunca llegaba y el estado de salud del preso se iba deteriorando con rapidez. “Por eso decido coserme la boca y dejar de ingerir alimentos: como protesta al gobierno y presión para mi libertad y la de mis compañeros”, comenta. A pesar de las dificultades para comunicarse con el mundo exterior, logró hacer llegar la foto de su rostro con los labios cosidos y una carta pública en la que se podía leer “no pido solidaridad, pido entendimiento y unidad para lograr el propósito que es liberar a Venezuela, aun a costa de nuestra vida, pido a mis familiares y amigos, sobre todo a mi hijo, que oren por mí y nuestro país, les pido que luchen porque ninguna otra persona en el mundo padezca este calvario inmerecido que vivimos como presos políticos, solo por pensar distinto”.

Al hacerse viral la foto y la carta, las autoridades llegaron a su celda y le ofrecieron llevarlo a operación con la condición de que dejara la huelga y accediera a descoserse la boca. Tras un rifirrafe, Zerpa acepta. El Cooperante recoge esto en noticia del 25 de septiembre de 2017 con el titular Alejandro Zerpa será operado de la cervical por torturas ocasionadas en el Sebin. Lo que las noticias no pudieron escribir en su momento fue que él tuvo una serie de infecciones contraídas en el quirófano, que tras la intervención quirúrgica intentaron llevarlo inmediatamente a su celda en la que dormía en una colchoneta en el suelo, que amenazó con hacer responsables de su muerte a todos los que no querían dejar que se recuperara y que paso casi tres meses en una habitación.

Zerpa sería liberado a finales de 2017, con varios presos considerados políticos.

Al ingresar a prisión, pesaba 134 kilos. Al salir, alrededor de 70.

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El Sistema de Información Policial (Sipol) es un registro en el que quedan anotados los antecedentes penales de las personas en Venezuela. Una vez alguien sale de prisión, se debe aclarar dentro de este sistema que ya no tiene ninguna pena pendiente con el Estado venezolano. “Pero en mi caso no fue así”, cuenta Zerpa, “nunca me borraron y si iba caminando o manejando el carro, me pedían papeles, consultaban en el Sipol y aparecía que tenía todavía un proceso abierto. Así me llevaban a prisión dos, tres, cinco días. Una rutina que se hizo constante, insoportable”.

La rutina se repitió varias veces, hasta que la cosa escaló el 11 de febrero de 2019, en vísperas de la marcha del Día de la Juventud: una conmemoración de la Batalla de la Victoria, que se dio hace 206 años y en la que lucharon estudiantes caraqueños. Un día antes Zerpa fue apresado junto a Carlos Pérez y José Gregorio Caribas. Fueron golpeados y torturados.

Al día siguiente, luego de la marcha, fueron liberados como se informó el 12 de febrero de 2019 en El Nacional: “el abogado Carlos Daniel Moreno informó este martes que fueron liberados el profesor Carlos Pérez, el dirigente juvenil de Un Nuevo Tiempo Alejandro Zerpa y el concejal metropolitano José Gregorio «Goyo» Caribas”.

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Luego de esta última detención, Zerpa supo que la situación era insostenible. El 8 de marzo allegados suyos le pasan informaciones sobre que el gobierno busca una nueva excusa para detenerlo y esta vez para siempre. Así, con el aviso y con la sospecha, el 11 del mismo mes le avisa a su esposa que los deben estar persiguiendo. Efectivamente: ella vio a funcionarios sin identificación al frente de su casa y siguió derecho, hasta donde una vecina. Allí le contó a su esposo de la situación y decidieron mantenerse lejos de casa, sin contactarse, buscando la manera en que la madre de ella y el hijo menor de ambos pudieran salir y reunirse con ellos. Reunieron sus ahorros, trazaron una ruta y el 8 de abril tomaron la decisión de irse de su país. Cruzar la frontera, sin mirar atrás y escapar de Venezuela. Un acto que nunca pensaron hacer.

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Según datos de Acnur, en 2019 hubo 79.5 millones de personas desplazadas en el mundo a causa de persecución, conflicto, violencia, violaciones de los derechos humanos y desastres. De estas, 26 millones son refugiadas. En este mismo año, hubo dos millones de nuevas solicitudes de refugio, siendo los países en recibir más solicitudes Estados Unidos (301.000), Perú (259.800), Alemania (142.500), Francia (123.900) y España (118.300).

También, cuenta Acnur, los cinco países que más personas desplazadas tuvieron a la fecha fueron Siria (6.6 millones), Venezuela (3.7 millones), Afganistán (2.7 millones), Sudán del Sur (2.2 millones) y Myanmar (1.1 millones). Por el otro lado, los cinco países que más desplazados y refugiados han recibido son Turquía (3.6 millones), Colombia (1.8 millones), Pakistán (1.4 millones), Uganda (1.4 millones) y Alemania (1.1 millones).

Cifras aglutinantes, historias emparedadas entre la precisión quirúrgica de las estadísticas.

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Paraguachón es un corregimiento del municipio de Maicao, en La Guajira. A aproximadamente doce kilómetros del casco urbano, está el punto fronterizo que lleva el mismo nombre. La primera población venezolana que hay, después del punto limítrofe, es el municipio de Guarero, parte del estado Zulia. Y a poco de dos horas más de viaje por tierra, se llega a Maracaibo, la capital zuliana, y la segunda ciudad más importante de Venezuela. Se estima que, antes de la pandemia del COVID-19, aproximadamente mil movimientos migratorios se daban diariamente a través de este punto fronterizo.

Por este punto cruzó Alejandro Zerpa el 11 de abril de 2019. Se dirigió a la oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) a exponer su caso y recibió la protección de este organismo. Un día después, llegó su esposa con su hijo menor y su suegra. De Paraguachón, los envían a la capital de La Guajira: Riohacha. Allí, durante aproximadamente 21 días, hicieron el papeleo pertinente, los trámites de rigor, la denuncia, aportaron pruebas. De ahí, son enviados a Medellín y, en palabras de Zerpa, “acá es donde comienza, como tal, la travesía de ser refugiado en Colombia”.

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El Estado colombiano hace parte de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de Ginebra de 1951 y ratificada el 10 de octubre de 1961; también del Protocolo sobre el Estatuto de Refugiados, adoptado en Nueva York en 1967, y al cual se adhirió el país el 4 de marzo de 1980; y es Estado signatario de la Declaración de Cartagena sobre Refugiados, la cual se suscribió el 22 de noviembre de 1984.

Siguiendo la definición del Estatuto de los Refugiados de Ginebra, y un resumen de esta por parte del Proyecto Migración Venezuela, un refugiado es quien:

  • “Careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos, fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera regresar a su país.
  • Que se hubiera visto obligada a salir de su país porque su vida, seguridad o libertad han sido amenazadas por violencia generalizada, agresión extranjera, conflictos internos, violación masiva de los Derechos Humanos u otras circunstancias que hayan perturbado gravemente al orden público.
  • Que haya razones fundadas para creer que estaría en peligro de ser sometida a tortura u otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes en caso de que se procediera a la expulsión, devolución o extradición al país de su nacionalidad o, en el caso que carezca de nacionalidad, al país de residencia habitual”.

Si la persona que solicita el refugio considera que estas causales le cobijan, debe enviar una solicitud a Cancillería con los siguientes datos, mismos que Alejandro Zerpa y su familia cumplieron:

  • Nombres y apellidos con los de sus beneficiarios.
  • Fotocopia del pasaporte o de la cédula del país de origen.
  • En qué fecha y cómo se ingresó a Colombia.
  • Datos de contacto en el que se le pueda contactar.
  • Relato de los hechos que motivan a buscar asilo, con la mayor cantidad de detalles posibles. Además, pruebas que respalden la solicitud, de tenerlas.
  • Fotografía reciente a color 3×4 cm, fondo azul (del solicitante y sus beneficiarios).
  • Firma.
  • Notificación expresa de su voluntad de ser notificado o no por medio de correo electrónico.

Estos pasos y procedimientos los siguieron Zerpa y su familia con ayuda de la Oficina Jurídica de la Universidad de Antioquia. “Allí toman mi caso y se dan cuenta de que es de gran envergadura, por el tema de la prisión, torturas, persecución y que ya no me querían detener, sino matarme. Hacemos todo el trámite, enviamos esto a Cancillería y luego de quince días nos llega la notificación de que podíamos pasar a retirar los salvoconductos en la oficina de aquí de Medellín”, cuenta él. Su suegra no pudo ser incluida, pues solo el núcleo familiar más cercano (cónyuge e hijos menores de 25 años) puede ser incluido en el grupo de refugio.

Hasta 2019, y a pesar de ser el principal receptor de migrantes venezolanos, Colombia solo había recibido 2.729 solicitudes de refugio. A abril de 2020, solo 175 casos de núcleos venezolanos habían recibido satisfactoriamente el estatus desde 2017.

Allí, entre esa cifra, habitan Alejandro Zerpa y su familia.

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No hay una fecha límite para la respuesta del asilo por parte de la Cancillería. Las experiencias de las personas solicitantes son variadas: desde un par de meses hasta un par de años. En el caso de Zerpa y su familia, la espera fue de alrededor de 11 meses. Antes de eso, tenían el Salvoconducto SC-2, un documento con el cual poder estar en el país de forma regular, acceder a salud y educación. Sin embargo, “no pude trabajar hasta el sol de hoy, prácticamente, porque los empleadores no entendían qué era un salvoconducto y hasta a nivel gobierno no hay una claridad a veces”.

Cuenta que, tras cuatro meses y después de prácticamente acabarse los ahorros, parecía que el destino le sonreía: le ofrecieron un trabajo en un hostal. “Me dirigí allí y el señor que me iba a dar el trabajo me pidió los papeles. Le di el salvoconducto y llamó a Migración Colombia para ponerme regular en materia laboral. Mientras más avanzaba la llamada, la cara más y más le cambiaba. Hasta que puso el altavoz y escuché que le decían que si me contrataba, la multa sería de once millones de pesos”, relata.

Ese mismo día, recibió una llamada de Cancillería en la que lo regañaron y le dijeron irresponsable; así, como él afirma, “nunca me hubieran dicho nada al respecto de que no podía trabajar”.

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En diciembre de 2019, Alejandro Zerpa y su familia recibieron la noticia que tanto esperaban: su solicitud de refugio fue aprobada. Sin embargo, la falta de dinero y la coyuntura del momento (las protestas en contra del Gobierno que se dieron a final de año) hicieron que no pudieran viajar a Bogotá sino hasta enero. Esta última fase se debe realizar en la capital del país, donde se hacen los últimos trámites burocráticos para poder recibir, meses después, la cédula de extranjería y el salvoconducto de viaje.

Allí, Zerpa estuvo con su familia desde el 20 de enero hasta el 25.

Su cédula de extranjería, con la que puede trabajar ahora sin ningún problema, llegó una semana antes de la cuarentena por el Covid-19.

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“Debido al deterioro en los sistemas de aseguramiento de la calidad educativa en Venezuela, las solicitudes de convalidación de títulos de ese país deben ser procesadas por el mecanismo de verificación más largo y detallado, lo cual acarrea altos costos tanto para los solicitantes como para el Ministerio. Adicionalmente, la población con títulos venezolanos enfrenta una barrera adicional para ejercer como profesional en Colombia: la obtención de la documentación necesaria para la convalidación, como certificados de estudios o experiencia, apostillados”, así señala el Banco Mundial, en su informe Migración desde Venezuela a Colombia, una de las dificultades más grandes que los ciudadanos del vecino país tienen para ejercer sus profesiones al migrar. Una preocupación que también recogió el Informe Nacional de Empleo Inclusivo (INEI) en su apartado dedicado a la migración venezolana.

“Yo no tengo papeles, tampoco mi esposa. Yo soy licenciado y ella también lo es. Pero en Venezuela no nos van a entregar los títulos y mucho menos nos los van a apostillar”, comenta Zerpa. Así, a pesar de ser veterinario (aunque nunca ejerció) y tener 25 años de experiencia en el campo de la política, en la práctica en Colombia no ha podido ejercer en su campo. En trabajos para los cuales no necesitaría calificación profesional, lo descartan si dice la verdad al considerlo sobrecalificado. Vive en un limbo que se agravó con el contexto pandémico mundial.

Al escribirse esta nota, el país tiene 57.046 casos totales de COVID-19, 21.326 recuperados y 1.864 muertos. A nivel nacional y regional se han tomado diferentes medidas para evitar la propagación del virus. Cuarentenas obligatorias, cierres de fronteras y demás medidas. Esto ha repercutido en la economía nacional y en el empleo. Según el último informe del Dane, en el país el desempleo se posicionó en un crítico 19.8%. Si se tiene en cuenta que el desempleo de los migrantes, según el Inei, suele estar alrededor de cinco puntos porcentuales por encima de la media nacional, podríamos estar hablando de un 24.8% en el caso de los venezolanos. Es decir: uno de cada cuatro estaría sin empleo en estos momentos.

Alejandro Zerpa, a pesar de ya contar con su cédula de extranjería, con la cual podría trabajar, está sin empleo debido a este contexto desfavorable. Sin embargo, esto no ha sido impedimento para buscarse la vida. Como él dice, no quiere nada regalado: “quiero trabajar, ganarme mis cosas y demostrarle a todos que los venezolanos somos gente buena”. Como anécdota chistosa, cuenta que al llegar no sabía que en Colombia no hay una política de deportación. Así que sentía miedo de vender así fuera dulces, pues se imaginaba que lo primero que harían sería deportarlo. Después, cuando supo la realidad, se ha dedicado a vender empanadas de ‘iglesia’, panes o cualquier cosa que le permita rebuscarse una vida acá.

“Yo en estos momentos debo tres meses de arriendo y lo que más quiero es poder trabajar para poder pagarlos. Alguien me prestó su nombre para poder arrendar y no le voy a quedar mal, nunca. No soy así y mi familia tampoco, somos gente honesta. Esa es mi principal meta”, dice Zerpa.

Agradece a Colombia por su generosidad y por recibirlo con los brazos abiertos. “Aquí protegieron mi vida y eso es algo que jamás olvidaré”, concluye.