Rosa, Petra y María: tres Mujeres venezolanas en Cali

Durante la pandemia que afrontan el mundo, Colombia y Cali, se ven cada día más personas desplazadas de Venezuela en las calles. La situación es preocupante, sin embargo, hay muchas mujeres venezolanas que durante esta crisis aportan solidariamente al bienestar común. Tres de ellas son ejemplo de esto. Las tres conocen muy bien a los dos países, las dos culturas y mayoritariamente las necesidades de las mujeres. Durante la pandemia, las tres se cuidan mucho, casi no salen a la calle y tampoco permiten que sus familiares lo hagan más allá de lo necesario. “Quien se ama se cuida”, señala Petra: “También, ama y cuida a los demás”. En las palabras de Rosa: “Vale más prevenir que lamentar”. Las entrevistadas señalan que el encierro les afecta, María lo dice muy claro: “Durante el confinamiento aprendemos hasta caminar por las paredes”.

María y Petra

María Sánchez y Petra Machado son profesionales en terapias corporales y faciales, como la biomagnética, la desintoxicación iónica, la auriculoterápia, la reducción de medidas, la liposurección sin cirugía, el tratamiento facial, etc. Tienen 20 años de experiencia y su propio negocio en Venezuela. Las mejores amigas viven juntas ¡ en Vallado, en el distrito de Aguablanca.

Es importante resaltar que, aun en tiempo de confinamiento, no se quedan con los brazos cruzados, sino que buscan cómo generar un mínimo ingreso, por ejemplo, vendiendo comida. Desde la Vicaría de Reconciliación y Paz han recibido ayudas, y todo lo que reciben lo comparten con otras personas, venezolanas y colombianas. “Ojalá Dios entregue allá a mi familia lo que yo comparto acá con la gente”, dice María.

Mientras en Venezuela la situación es cada vez más preocupante, por la falta de medicina y la crisis económica, acá han recibido mucha ayuda de las personas de Cali: “No hablamos de apoyos financieros, sino de una palabra, un consejo, y gesto”, afirma María: “Hemos visto en estos momentos de crisis más que nunca que Dios nos protege. Nos acercamos más a Él.”

María y Petra trabajan en el campo de salud y la belleza. Explican que es un trabajo muy íntimo y cuando una clienta se quita la ropa para un masaje, paralelamente se quita la pena y durante el tratamiento se hablan de muchas cosas. Así conocen muy bien a las dos culturas y sobre todo los pensamientos de las mujeres. Un problema grave es la violencia contra la mujer. La raíz de muchos maltratos es la cultura machista, opina María: “culturalmente es aceptado intimidar a alguien para obtener algo. Por eso existe mucho miedo”. 

María y Petra han aprendido a no dejarse intimidar, a confrontar los problemas. María da un ejemplo: una vez una clienta mandó un mototaxi para recogerla y llevarla a la casa de ella. No la conocía ni a ella ni al conductor de la moto, tampoco el lugar. Se subió a la moto con su maleta de productos de trabajo y pasaron por las afueras de Cali, cuando el muchacho le preguntó: “eres una mujer, no me conoces, no sabes dónde estamos, ¿no tienes miedo?” Y ella en vez de dejarse intimidar le respondió: “¿Miedo? ¿Yo? No. ¿Y tú? Tú no sabes quién soy yo, qué tengo en mi maleta y de dónde vengo o a que voy” El muchacho se fijó en ella y poco después la dejó en la puerta del cliente.

Petra tiene 69 años. Al llegar a Colombia, le tocó empezar desde ceros otra vez. “Antes en Venezuela éramos clase media, acá somos pobres”, explica. Ellas venden arepas y comida en la casa. “Porque no queremos nada regalado, sino trabajar,” dice. Petra fue reemplazada en una clínica de belleza en Cali por una mujer muy joven y sin experiencia. “No es la culpa de la jovencita, sino un problema cultural y sistemático, no se valora la edad”, afirma.

Rosa

Otra mujer venezolana en Cali es Rosa Cristina Insignares Tinoco. Ella vive al otro extremo de la ciudad, en Altos de Menga. Nació en Barranquilla, pero vivió casi toda su vida en Venezuela. Allí trabajaba en el Instituto Nacional de la Mujer, una institución gubernamental que ayuda a mujeres en situaciones difíciles. Rosa está acostumbrada a moverse entre los dos países: algunos de sus hijos son colombianos y otros venezolanos. Como muchas familias colombovenezolanas, la suya también está dividida. Tiene seis hijos, 27 nietos y 9 bisnietos. Algunos viven con ella, otros en el vecino país.

En Venezuela, Rosa era una lideresa de un programa que acogía a mujeres en situación de calle, de drogadicción y víctimas de violencia de género. Ella lideraba un equipo de 22 mujeres, siendo la más adulta. Hace 10 meses, renunció. “Allá ya no hay albergues para las mujeres que han sufrido cualquier forma de maltrato”, explica Rosa. Como confeccionista industrial de profesión, ella capacitaba a las que necesitaban ganar su propio sustento. “Si la mujer depende económicamente del hombre, es más probable que aguante maltratos. Si la mujer tiene su propio sustento, puede escoger libremente y eso hace que las relaciones sean más igualitarias”, resume Rosa.

Explica que la desigualdad económica es una forma de control y de violencia de género. Dice que depender constantemente de alguien, es una forma de machismo. “No solo en la vida familiar, sino en el ámbito público, hay mucha desigualdad,” añade: “Una mujer gana menos que un hombre en la misma función y cargo”. Por eso, dice, es tan importante que las mujeres tengan una buena educación, formación profesional y la posibilidad de trabajar.

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Las tres mujeres llevan ya casi un año en Cali y participan en el programa ‘Empoderamiento Ciudadano para la Disminución de la Violencia Contra la Mujer’ de la Vicaría de Reconciliación y Paz de la Arquidiócesis de Cali. Allí se analizan las realidades de las mujeres en Cali.

Rosa asiste con sus hijas y sus nietas a los talleres del programa, a través del cual tuvieron un aprendizaje frente a las rutas de atención. Al ingresar al grupo, Rosa ya tenía mucho conocimiento del trabajo con mujeres y de las diferentes formas de violencia. Por eso, le parece muy importante que las mujeres aumenten su autoestima, que conozcan sus derechos, se valoren a sí mismas y que, sobre todo, aprendan a identificar el machismo y sus consecuencias.

Rosa aporta su grano de arena para disminuir esta violencia. Está muy pendiente de sus vecinas y personas conocidas, y quiere seguir estudiando para poder impactar positivamente en la sociedad caleña. Sueña con aplicar lo que hacía en Venezuela en Cali: “Si hay un caso de maltrato, primero hay que juntar un grupo de mujeres para apoyar a la víctima, porque ella necesita desahogarse, necesita un abrazo, apoyo. La víctima tiende a aislarse, hay que acogerla y apoyarla en toda la ruta.”

Rosa se considera independiente y se enorgullece de serlo. Cuanta que su esposo la abandonó cuando quedó embarazada por séptima vez. Lo resume así: “Logré criarlos sola. Todas podemos. Necesitamos estas experiencias para sentirnos fuertes”. Anhela que en algún momento las mujeres ya no estén detrás de nadie. “Pero eso solo lo logramos juntos, hay que trabajar con los hombres también”, dice.

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Petra cuenta que a veces le preguntan que por qué no se va a su país. “Me da mucha tristeza, porque se olvidan de los millones de personas que llegaron a Venezuela para dar un sustento a su familia en Colombia”, dice y recuerda que personas de todos los rincones de América Latina llegaron a suelo venezolano buscando un mejor futuro.

“Los prejuicios incluso son ilógicos y tontos”, resume María y critica otro cliché: “Mientras en Colombia piensan que nosotras somos prostitutas, o que hemos venido para conseguirnos un esposo colombiano, en el Ecuador y en Chile dicen lo mismo sobre las colombianas”. Opina que ninguna nacionalidad significa algo, ya que todos somos seres humanos.