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Úrsula y Alejandro escriben su historia en Guasca

En Colombia Sin Fronteras siempre queremos contarte la vida de migrantes que llegan al país para contribuir, aportar y dejarnos lo mejor de su cultura a través de acciones positivas. Por eso hoy te invitamos a leer la experiencia de Úrsula y Alejandro, dos empresarios venezolanos que llevan 13 años viviendo en Guasca, Cundinamarca, donde trabajan hombro a hombro con jóvenes colombianos y han sido un modelo para ellos.

 

Textos: Amparo Díaz Pinilla                                                    Fotos: Diego Fernando Gómez                                                   Asistencia: Alejandro Gómez D.

Cuando algún turista llega a Guasca en busca de un hotel pequeño, cómodo y acogedor, y además tiene ganas de probar recetas nuevas, deliciosas y preparadas con amor y alta calidad gastronómica, enseguida le recomiendan dirigirse a la Estancia San Antonio. Para llegar debe pasar el pueblo, tomar la carretera Guasca-Sueva y elegir el camino que lo lleva por la vereda Pastor Ospina, dos km arriba, hasta encontrar este paraíso lleno de aire puro, belleza natural y calidez humana.

Dicen que la región es fría, pero la verdad es que el clima es maravilloso porque en un solo día la naturaleza puede revelar varias de sus facetas que van desde la brisa hasta ese solecito fresco, característico de las zonas rurales de Cundinamarca. En medio de esos paisajes tan colombianos viven Antonieta Ayala y su hija Úrsula Márquez con su esposo, Alejandro Gremli. Son venezolanos, nacidos y criados en clima caliente, pero enamorados de esta zona que los recibió hace 13 años y les dio la oportunidad de criar a sus dos hijos (Úrsula -«Chuchú»- y Sebastián), formar una empresa próspera, dar empleo digno a los guasqueños y atender al público en su hotel y restaurante con la autenticidad que los caracteriza.

                             

Estancia San Antonio ha sido hecha a pulso por Úrsula, Alejandro, Antonieta y el equipo de colombianos que creyeron en su proyecto desde el primer día, a pesar de las críticas y de las apuestas que pronosticaban que “esos locos venezolanos” durarían máximo seis meses en la región.  “Empezamos a trabajar, a reformar la casa y todo lo que teníamos, pulimos esta piedra preciosa que estaba bien oculta. Abrimos las puertas en 2009, en la casa que existía y la fuimos acomodando: tenía 5 habitaciones, cada una con su baño, y una cocina muy chiquita. Comenzamos con lo que sabíamos, que era el restaurante, y la parte de la hotelería la aprendimos en el camino”. Así describe Úrsula la experiencia inicial en el lugar.

Luego construyeron el restaurante grande o, como ellos internamente le llaman, “el aponwuao”, que simboliza ese primer salto hacia la Gran Sabana (recordando la caída de agua ubicada en el Parque Nacional Canaima, en Venezuela). De esa forma, apenas cinco meses después de haber inaugurado un sitio pequeño ya se habían ampliado y, literalmente, estaban en boca de todos los amantes de la buena mesa que llegaban a probar su gastronomía, sin importar que estuvieran un poco alejados del pueblo.

De cero a cien

Los Gremli-Márquez pasaron de estar sentados los primeros días esperando clientela, a devolver comensales porque no tenían una sola mesa disponible. Su pasión por la cocina, la atención y el servicio hicieron que enamoraran a la gente con sus recetas, a las que Alejandro, metido de lleno en la cocina, les pone alma, sabor y corazón. Su plato estrella es el codo de cerdo abrasado, con chucrut alemán y papas criollas, y después le siguen las costillas de cerdo ahumadas que, incluso, ganaron premio en 2011 representando a Guasca en la primera edición del concurso ‘Provócate de Cundinamarca’.

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Después están los productos ahumados (como las salchichas alemanas y la morcilla) que conforman su charcutería La Tepuyana, y recientemente los madurados de salami, copa, carnes y jamones que hacen parte de una nueva línea de productos empacados que producen y distribuyen a casi 10 restaurantes con sede en Bogotá, como La Lucha, Osaka, Manya Bistró Peruano, pizzerías y el Club La Pradera de Potosí, entre otros. Con los años la hija mayor, “Chuchú”, desarrolló el único plato colombiano de la carta, el encocado de mariscos del Pacífico colombiano (creado en pandemia), que también ha tenido una gran acogida entre los comensales fieles de Estancia San Antonio.

Capítulo aparte merece la torta de chocolate, receta de Patricia Márquez, hermana de Úrsula, y que todo el que llega al restaurante debe probar. Aunque El Torronchino, una torta blanca helada con nueces, almendras y caramelo picado no se queda atrás y hace caer en tentación a los paladares más exigentes.

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Elegir alguna de esas recetas maravillosas sería injusto, porque unos llegan preguntando por la lengua de res en salsa de vino tinto y alcaparras que prepara Alejandro, y otros, colombianos o venezolanos, se derriten ante un plato de tequeños con salsa dulce de pimentón, como entrada. “Todos los días tratamos de conseguir preparaciones nuevas que a la gente le gusten porque nosotros traemos lo que sabemos, lo que conocemos y lo que disfrutamos”, agrega Úrsula.

Sin embargo, arrancar con el hotel no resultó ser tarea fácil, fue necesaria la paciencia y la constancia de quienes inician un proyecto nuevo. Y de eso a los emprendedores Gremli-Márquez les sobra. Así lo recuerda Alejandro: “Realmente fue difícil. Creo que los dos primeros años el hotel representaba entre el 8 y e 10% de lo que facturamos, pero con el tiempo la clientela fue creciendo ya que las instalaciones y el sitio son muy agradables y reconfortantes, el aire, la experiencia de campo”. Y se consolidaron, precisamente, porque marcaron una diferencia: “Yo creo que la gente se vincula mucho con el equipo que hemos formado. Realmente sienten que los atienden con cariño, con esmero, son muchachos y muchachas jóvenes que ponen todo su amor en atenderlos lo mejor que ellos puedan. La gente viene y se siente agradecida, saben que no son uno más sino que forman parte de la familia San Antonio”.

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Y, según cuentan todos, esa familia se fortaleció con la llegada de la pandemia. La prueba sirvió para afianzar lazos de unión, amistad, trabajo en equipo y fortaleza en medio de la dificultad. Sin clientes presenciales ni presupuesto, los Gremli supieron quiénes eran sus verdaderos coequiperos que lucharon hombro a hombro con ellos para mantener el negocio a flote. Y poco a poco lo están logrando. También surgieron nuevas recetas, ideas de negocio, domicilios a varias zonas de Bogotá con sus platos estrella, y proyectos como el glamping que Alejandro diseñó y construyó de cero con Domingo Navarro, recién llegado de Venezuela, quien se lo propuso. Esta experiencia fue una oportunidad para renovar energías y disfrutar de nuevas amistades, como él, que dejaron huella.

                        

Como bien lo cuenta Manuel Ignacio Gaitán, otro de sus grandes amigos colombianos, a quien conocieron en los primeros años en el país: “Ellos fueron creando esta gran familia emprendedora, trabajadora, visionaria…crearon una historia linda, de desafíos…hicieron esta empresa que ha abrazado a mucha gente aquí en Guasca, tanto en la parte laboral como en la parte afectiva, de clientes, de gente que los apreciamos, que los queremos, que somos como parte de la familia de ellos. Y es admirable porque han estado en todos los eventos y luchas, comprometidos con la gente y con Colombia”.

Cepeda, un amigo más

Con sus sabores, amabilidad y calidad en el servicio de hospedaje, los Gremli-Márquez pusieron una vara alta en esa región de Cundinamarca porque han contribuido al desarrollo del sector gastronómico y a que los turistas ubiquen a Guasca en el mapa de los destinos para el fin de semana. Allí nadie se aburre porque hay pesca en el lago de la Estancia, caminatas en sus senderos Muisca y ecológico donde hay especies únicas, paseos por la reserva natural El Zoque o por los cultivos de arándanos, fresas y flores de la región, servicio de spa personalizado y hasta posibilidad de clases de parapente o de vela en la laguna de Tominé.

Guiado por ese rumor llegó una noche, en marzo de 2015, el cantautor Andrés Cepeda en busca de un sitio acogedor y especial. Y lo encontró. Tanto le gustó, que hoy es uno de los huéspedes más fieles, amigo de esta familia trabajadora y persistente, y embajador de su mensaje. De hecho, en el evento de lanzamiento de nuestra campaña #ColombiaSinFronteras Somos Nosotros habló de la labor que cumplen Úrsula y Alejandro. “Han generado una cantidad de trabajo impresionante sobre todo con la gente más joven de este municipio…hacen un aporte importante a nivel tributario para Guasca, han sido líderes en unir a los diferentes proyectos e iniciativas que hay en el municipio haciendo crecer así la industria turística en esta región”.

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Y lo dice porque, además de sus negocios personales, estos emprendedores han generado ideas para que la juventud del pueblo encuentre alternativas sostenibles para desarrollarse y progresar en su región sin tener que migrar a las grandes ciudades. Por eso, junto con otros empresarios de la zona, los Gremli formaron la Fundación Guasca nos Une, que apoya a esos jóvenes ansiosos de crecer en áreas como la siembra de cultivos alternativos rentables, la apertura de negocios propios, y la educación mediante alianzas con instituciones como el SENA para capacitarse en oficios que les permitan proyectarse.

Sus máximas: legalidad y buen trato

 Más allá de crear y mantener en el tiempo un negocio próspero para su beneficio y el de la región, Úrsula y Alejandro han traído de Venezuela una sensibilidad especial y una serie de principios que han dado a conocer a los habitantes de Guasca y sus alrededores con el ejemplo. En su caso, al contrario de lo que dice el refrán, ellos predican y también aplican.

Como empresarios, aunque hayan pasado momentos duros tanto al inicio del proyecto como durante la pandemia por el Covid-19, han mantenido a toda prueba su lema de legalidad tributaria y contratación justa para sus empleados. “En Venezuela como en toda Latinoamérica el problema de la corrupción es muy grave y una de esas es la evasión de impuestos. Nuestro compromiso desde que salimos de allí y llegamos a Colombia es hacer las cosas bien porque mi país está como está precisamente por eso. Entonces nosotros tomamos el camino correcto, aunque muchos dirán que es el más difícil, pero es lo que es.  Y si un país que te está recibiendo con los brazos abiertos te da la oportunidad de crecer, de hacer las cosas bien, ¿por qué no hacerlo? Ese es todo el principio”, enfatiza Gremli.

Y su esposa complementa el argumento cuando asegura que quienes forman su equipo tienen contratos formales, con las prestaciones exigidas por la ley. La mayoría nunca había contado siquiera con el salario mínimo como paga, ni sabían lo que era aportar a pensión ni salud. Es más, otros empresarios locales han señalado a los dueños de La Estancia San Antonio como responsables de “echar a perder la zona”, justamente por seguir las normas laborales vigentes. “Siempre hemos pensado que mientras el personal que nos acompaña esté contento nos va bien a todos, y mientras que nos portemos bien y hagamos las cosas correctamente todo va fluyendo más fácil… Yo considero que todos somos iguales y que nos podemos sentar en la misma mesa, compartir en un mismo espacio y podemos surgir….además, detrás de nosostros hay un batallón y un gentío que nos colabora para que todo esté bonito y como tiene que estar para cuando llegue el cliente”.

 Sueños hechos realidad

La conexión entre unos y otros es real. Basta con verlos interactuar de manera orgánica y genuina con sus “asociados”, como Alejandro les llama a sus colaboradores. Valoran sus opiniones, escuchan sus problemas y aportan para solucionarlos siempre que les sea posible. Entre ellos se siente una real camaradería.

Antonieta Ayala, la mamá de Úrsula, es la pionera a quien todos quieren, consultan y consienten. Ella, con su carácter afable, les enseñó a su hija, yerno y nietos a querer a las personas de la región porque ella llegó primero con su esposo, Pedro Márquez, antes de que la familia dejara Venezuela. Por eso los guasqueños la quieren y respetan, porque la sienten como una guía. Así lo cuenta Fredy Alfonso, uno de los primeros empleados que tuvo la Estancia, y quien hoy conserva su amistad con los dueños y regresa a visitarlos cada vez que quiere. “La señora Antonieta fue una mamá para mí, una alcahueta todo el tiempo….a mí me gusta la historia precolombina de nuestro país y entonces le propuse a ella una idea y me dijo ‘hágale, ¡cuánto se necesita y hagámosla!’. Y nos encaminamos con ella en llevar a cabo ese sueño. De hecho, en mi Facebook aparece así: El sueño de la señora Antonieta…..y yo creo que más que obtener una ganancia de ese Sendero Temático Muisca que hicimos -y que es único en Colombia- fue la satisfacción de desarrollarlo juntos”.

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Años después de sacar adelante otros proyectos en conjunto, como el Sendero Ecológico que aún hoy lleva turistas para observar la flora y fauna nativas en los alrededores a la Estancia, Fredy pudo independizarse con el impulso de los Gremli. Ellos creyeron en su pasión por la naturaleza y terminó creando su propia empresa de jardines verticales. Hoy, como experto en orquídeas y avistamiento de aves, es también un naturalista y fotógrafo de las especies de la zona y enseña a las nuevas generaciones sobre estos temas.

Lo mismo sucedió con Daniela Olarte, la mano derecha de Úrsula en el negocio actualmente. Es una joven nacida en los alrededores de La Estancia quien, junto a su mamá, Gladys Berdugo, forman parte del equipo. Daniela se asoció con la hija de Úrsula en un emprendimiento llamado Candy Rush (@candyrushshop), una marca en la que fabrican dulces, postres y golosinas que despachan a domicilio. Ella, además, está terminando de cursar la carrera de Zootecnia, y el dinero que recibe por su trabajo con los Gremli-Márquez le sirve para solventar los gastos como estudiante; pero, lo mejor, es que se siente parte de una familia que cree en sus capacidades. “Siento que la Estancia me ha sacado mucho potencial, he aprendido muchas cosas y me han apoyado….He aprendido que nada me queda grande y que todas las funciones que me pongan las puedo lograr. La verdad, es un lugar maravilloso”.

                                      

Por su parte, Gladys, quien llevó a sus dos hijas para colaborar en las empresas de estos venezolanos, también tuvo una segunda oportunidad como parte de su staff.  Ella es madre cabeza de familia y nunca había sido empleada formal en ninguno de sus trabajos, es más, se le había dificultado ubicarse laboralmente después de los 40 años. “Aquí he crecido como madre, como amiga, hemos conformado una familia, me ha cambiado la vida”. Sumado a esto, las costumbres culinarias de sus jefes han enriquecido tanto sus conocimientos que hoy, después de años de compartir con ellos, sabe que el flan colombiano es el mismo quesillo venezolano, y aprendió a sazonar con los sabores característicos del país vecino. Cada experiencia vivida ha marcado su vida. “Yo soy del Tolima y allá es una cultura hacer tamales en familia, por eso cuando preparo las hallacas a fin de año aquí me transporta a mi tierra y lo disfruto mucho. Además, no concibo hacer unas hallacas sin escuchar las gaitas venezolanas”.

Los ex empleados que hoy son amigos siempre destacan lo que aprendieron de la pareja de empresarios. Gracias a ellos y a sus consejos se han abierto camino en otros pueblos, como Juan Carlos López quien, después de ayudarles a hacer realidad el sueño de Estancia San Antonio en sus inicios y de formarse como asistente en varios cargos, abrió un restaurante en La Calera, que funcionó hasta 2020. Así explica lo que alcanzó junto a ellos: “Durante este proceso lo que hice fue aprender de la organización, la perseverancia, a valorar mucho a la gente con la que se trabaja porque es el insumo más especial que hace que a uno se le cumplan los sueños. De ellos todavía tengo el seguir, persistir, no desistir, el querer, el ayudar a las personas porque eso hace que uno también vaya creciendo”.

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